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Psiquiatría y abordajes de procesos de salud mental con cannabis medicinal

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La relación entre cannabis y salud mental ha sido históricamente controversial. A partir de un caso clínico trabajado durante una internación en el Hospital Nacional Laura Bonaparte con un paciente diagnosticado con esquizofrenia paranoide resistente, expondré la complejidad del abordaje de procesos de salud mental con cannabis medicinal. La práctica clínica nos sitúa entre una visión conservadora que continúa considerando al cannabis como uno de los principales riesgos para el desarrollo de psicosis o síndrome amotivacional, y pacientes que, por temor a ser juzgados, prefieren ocultar su consumo o su deseo de  iniciar terapias cannábicas.

En este contexto, la psiquiatría enfrenta el desafío y la oportunidad de acompañar los procesos de salud mental desde un enfoque informado, empático y clínicamente responsable. La formación médica continua y el acceso a la mejor evidencia científica son fundamentales para poder indicar o desaconsejar el uso de fitopreparados según cada caso, siempre respetando la subjetividad del paciente. Trabajar con cannabis medicinal exige conocimientos técnicos y clínicos, y la capacidad de articular con ONGs y cultivadores que aseguren preparados seguros, específicos y disponibles. Esto nos permite conocer con precisión el quimiotipo, los porcentajes de cannabinoides, los terpenos presentes, la dosis y la vía de administración con la que vamos a trabajar, evaluando así los resultados clínicos en función de los síntomas que se buscan abordar mediante la modulación del sistema endocannabinoide.

El sistema endocannabinoide es una red fisiológica de señalización compuesta por receptores específicos como los receptores cannabinoides tipo 1 (CB1), presentes sobre todo en el sistema nervioso central, y tipo 2 (CB2), ubicados en tejidos periféricos e inmunológicos. Este sistema funciona a través de ligandos endógenos, es decir, moléculas producidas naturalmente por el cuerpo que se unen a estos receptores, como la anandamida (AEA) y el 2-araquidonilglicerol (2-AG), cuya síntesis ocurre "a demanda" y que son degradadas por enzimas como la amida hidrolasa de ácidos grasos (FAAH) y la monoacilglicerol lipasa (MAGL). El sistema endocannabinoide regula funciones clave como el sueño, el estado de ánimo, el apetito, la percepción del dolor, la respuesta al estrés y el equilibrio neuroinmunológico. Cuando este equilibrio se ve alterado, los fitocannabinoides presentes en la planta de cannabis, como el cannabidiol (CBD) y el tetrahidrocannabinol (THC), pueden actuar como herramientas terapéuticas útiles para modular este sistema y abordar síntomas específicos según el contexto clínico y los objetivos del tratamiento (Romero & Morante, 2021).

Incorporar el estudio del sistema endocannabinoide en la formación médica, junto con el reconocimiento del autocultivo medicinal como una práctica legítima en contextos regulados, resulta clave para avanzar hacia un enfoque clínico centrado en el bienestar del paciente y respetuoso de los principios bioéticos: autonomía (reconocer el deseo y la decisión informada del paciente), no maleficencia (evitar riesgos y efectos adversos), beneficencia (ofrecer tratamientos que realmente mejoren su calidad de vida) y justicia (garantizar un acceso seguro y equitativo).

En este trabajo abordaré las posibilidades terapéuticas del cannabis en psiquiatría, a partir del pedido explícito de un paciente diagnosticado con esquizofrenia paranoide resistente. Como ejemplo de abordaje, expondré un caso clínico en el que el paciente, tras años de tratamiento con múltiples psicofármacos y actualmente bajo un esquema con clozapina, un antipsicótico atípico utilizado en casos de esquizofrenia resistente cuando otros tratamientos no han resultado efectivos, solicitó volver a incorporar cannabis a su vida por percibir beneficios subjetivos. El caso adquiere una complejidad particular, ya que su primer brote psicótico fue atribuido históricamente al consumo de cannabis. Sin embargo, desde entonces y sin consumir, ha tenido un promedio de tres internaciones por año.

Actualmente en remisión sintomática, el paciente plantea su deseo de cultivar y consumir, al menos cannabidiol (CBD), como parte de una estrategia de autocuidado: “Desde el 2015 no fumo un porro y me broto dos o tres veces por año tomando un montón de medicación” / “Yo sé que el THC me puede hacer mal, pero aunque sea CBD quiero volver a cultivar y fumar un porro de vez en cuando” (SIC). El objetivo terapéutico no fue sustituir la medicación antipsicótica, sino facilitar la continuidad del tratamiento y promover su estabilidad clínica. Como parte de la negociación terapéutica, se incorporó la posibilidad de utilizar fitopreparados con alto contenido de CBD, orientados a aliviar algunos efectos adversos asociados al uso prolongado de antipsicóticos y mejorar su calidad de vida dentro de un marco clínico supervisado.


Desarrollo clínico

La esquizofrenia es un trastorno mental severo y crónico que afecta al 1% de la población mundial (Silva, 2022), con gran impacto funcional y social. Según la OMS, es una de las principales causas de morbilidad global (Murray & López, 1996, citado en Fischer & Buchanan, 2025). Clínicamente se manifiesta por síntomas positivos (delirios, alucinaciones), negativos (aplanamiento afectivo, abulia), cognitivos (dificultades atencionales y mnésicas) y afectivos (ansiedad, depresión) (Tandon, 2006, citado en Wikinski & Jufé, 2013).


Victor (nombre ficticio para preservar la privacidad del paciente) tiene 36 años, vive con su padre y cursa una esquizofrenia paranoide resistente. Su primera internación fue en 2015, tras un brote psicótico vinculado al consumo de cannabis. Desde entonces ha presentado múltiples internaciones por año, incluso sin consumo de THC. En noviembre de 2024 ingresó por segunda vez en el año al Hospital Laura Bonaparte, con un cuadro de alucinaciones auditivas intensas y un delirio místico-religioso encapsulado, con frases como: “mi amigo es Dios” y “el diablo vive al lado de mi casa” (SIC).


El examen semiológico evidenció conciencia y orientación conservadas, ánimo a polo displacentero, afectividad plana, bradipsiquia, pensamiento tangencial con contenido delirante, y alucinaciones auditivas nocturnas. Se diagnosticó esquizofrenia paranoide resistente (F20.0, CIE-10), y como diferencial, psicosis inducida por sustancias (F19.5).


Como psiquiatra residente, indiqué monoterapia con clozapina y disminuí otros antipsicóticos, llegando a 600 mg/día, con buena tolerancia. Mantuve quetiapina 100 mg nocturna por su perfil sedativo y agregué lorazepam por ansiedad y rigidez. Victor mejoró clínicamente, con remisión de voces espontáneas y encapsulamiento delirante.


Durante la internación, Victor planteó su deseo de dejar la medicación por la cantidad de internaciones previas, y expresó que quería volver a consumir cannabis, al menos en formas ricas en CBD. A partir de este planteo, la incorporación de fitopreparados con CBD se volvió un eje central de la negociación terapéutica y del fortalecimiento del vínculo transferencial conmigo como psiquiatra. En articulación con el equipo y una ONG especializada, y tras tramitar el REPROCANN (registro oficial argentino que autoriza el uso legal de cannabis medicinal bajo indicación médica y control clínico), Victor accedió legalmente a preparados cannábicos, integrando el cannabis en un marco de derecho y cuidado.




Lo recomendado fue un aceite de cannabis quimiotipo 3 con CBN y mirceno por sus efectos relajantes, en dosis de 3 a 6 gotas al 2% cada 8 horas junto con la medicación habitual. Además, ante el deseo explícito del paciente de volver a fumar, se propuso como estrategia de reducción de riesgos la vaporización de flores con alto contenido de CBD y bajos niveles de THC, exclusivamente por la noche y en compañía de su padre, para establecer un marco de seguridad. Esta vía fue aceptada como forma de acompañar su decisión, minimizando el riesgo de brote psicótico gracias a las dosis bajas de THC.


En los 8 meses posteriores a la externación, Victor continuó con su plan psicofarmacológico, manteniendo el uso del aceite y vaporización en los términos acordados. Según su relato, utiliza la vía inhalatoria sólo por las noches, con no más de dos bocanadas, lo que “lo hace sentir libre” (SIC). No presentó aumento de ideación delirante ni de alucinaciones auditivas, y sigue concurriendo al hospital dos veces por semana: una con su psiquiatra y otra con su psicólogo.


Se observa una mejoría en síntomas negativos como la abulia, el retraimiento social y la afectividad plana, los cuales suelen ser refractarios al tratamiento y deterioran la funcionalidad. Esta evolución positiva sugiere que el abordaje integral, incluyendo el cannabis como herramienta terapéutica, ha contribuido a su estabilización.


En estos 8 meses, Victor no tuvo recaídas ni nuevas internaciones, siendo este el período más prolongado sin descompensaciones desde 2015. Antes de este tratamiento, Victor tomaba haloperidol, quetiapina, risperidona, y recibía decanoato IM, sin lograr estabilidad.


En el proceso de trabajo, un colega me interpeló: “¿vos querés tratar a un esquizofrénico con cannabis?”. La respuesta es no, pero también sí. La esquizofrenia requiere tratamiento médico con antipsicóticos, sin embargo, el arte de prescribir en psiquiatría implica encontrar, junto al paciente, el esquema terapéutico que menor carga iatrogénica genere y que mejor se ajuste a su subjetividad.


La evidencia indica que el 75% de las personas con esquizofrenia presentan recaídas frecuentes y discapacidad persistente (Wikinski & Jufé, 2013), mientras que los efectos adversos de los antipsicóticos (sedación, disfunción sexual, rigidez) afectan la adherencia. En ese contexto, el cannabis puede ser una herramienta coadyuvante, que facilite el vínculo terapéutico y aborde síntomas como ansiedad, insomnio o la necesidad de reconectar con la planta, en un marco de psicoeducación, responsabilidad y acompañamiento clínico.


Este trabajo con Victor permitió en una primera etapa priorizar la estabilización del cuadro psicótico. Una vez alcanzada, y en el marco de una relación terapéutica de confianza, se retomó su propuesta de volver a incorporar cannabis como parte del tratamiento. Esto fue abordado como parte de una negociación clínica, con el objetivo de respetar su autonomía y mejorar la adherencia terapéutica, luego de años de escasa respuesta a múltiples psicofármacos.


Esta estrategia, basada en la reducción de riesgos, evitó un consumo desregulado por fuera del acompañamiento clínico y permitió sostener un abordaje informado, ético y humanizado. Lejos de pensar el cannabis como bueno o malo en sí mismo, el caso refleja la importancia de articular el arte de prescribir con el reconocimiento del deseo del paciente.




Conclusiones

El recorrido clínico y teórico realizado a partir del caso Victor me permitió reflexionar sobre los límites y posibilidades de la práctica psiquiátrica en contextos donde la demanda terapéutica se entrecruza con el deseo del paciente, su biografía de consumo y los efectos iatrogénicos de los tratamientos habituales. En este sentido, el cannabis medicinal no fue una solución mágica ni un reemplazo del tratamiento antipsicótico, sino una herramienta más, integrada a un plan terapéutico global que priorizó la estabilización clínica, la disminución de internaciones y la mejora en la calidad de vida.


Trabajar desde una perspectiva empática y basada en la evidencia, que contemple al sistema endocannabinoide como parte del razonamiento clínico, me permitió abrir una vía de diálogo con un paciente históricamente rotulado como "difícil", y reconectar con su capacidad de decidir sobre su cuerpo y su salud. El acompañamiento terapéutico fue posible gracias al trabajo articulado entre el equipo tratante, el paciente, su familia y una ONG especializada, lo que permitió garantizar el acceso a fitopreparados adecuados y seguros.


La experiencia de Victor refuerza la necesidad de ampliar nuestra formación profesional para incluir conocimientos actualizados sobre cannabis medicinal y su potencial terapéutico. También visibiliza los efectos positivos que puede tener una intervención psiquiátrica que no se limite solamente a la prescripción farmacológica, sino que incorpore el deseo del paciente, trabaje en torno a la adherencia y priorice intervenciones personalizadas, incluso en cuadros severos como la esquizofrenia resistente.


Este caso dejó en claro que respetar la autonomía del paciente no contradice una práctica médica responsable. Incorporar el cannabis medicinal desde un enfoque clínico, informado y consensuado es posible, incluso en cuadros complejos como la esquizofrenia resistente. Es tiempo de construir una psiquiatría que no le tema al deseo, sino que lo escuche y lo integre como parte del proceso terapéutico. En este camino, el cannabis puede ser, como en el caso de Victor, una herramienta clínica y simbólica que nos desafía a ejercer una medicina más humana.


Conocer en profundidad el sistema endocannabinoide y cómo trabajar con preparados que estimulen este sistema de señalización clínica fue fundamental para llevar adelante la intervención de forma segura. Si bien el cannabis medicinal no es un tratamiento de primera línea para cuadros psicóticos, una vez que los síntomas positivos como delirios, alucinaciones o la desorganización del pensamiento se estabilizan, la esquizofrenia tiende a presentar síntomas negativos, como la abulia, el aislamiento social, el empobrecimiento afectivo y la disminución de la iniciativa. Estos síntomas no solo son propios de la evolución clínica de la enfermedad, sino que además pueden verse potenciados por los efectos adversos de los antipsicóticos, entre los que se destacan la sedación, la rigidez motora, la disfunción sexual y la hipersalivación, entre otros (Silva, 2022). Dichos efectos impactan negativamente en la funcionalidad, la motivación y la calidad de vida del paciente, comprometiendo muchas veces la continuidad del tratamiento.


Por eso, aprender a trabajar con cannabis medicinal puede ser clínicamente útil para pacientes que, como Victor, desean incorporarlo a su vida cotidiana. En su caso, fue una herramienta para sostener el tratamiento psicofarmacológico, aliviar síntomas residuales y disminuir el riesgo de nuevas internaciones gracias a la adherencia lograda al plan terapéutico.


La psiquiatría del presente debe dejar atrás viejos paradigmas abstencionistas que solo logran que los pacientes desconfíen del médico tratante, oculten sus consumos o abandonen el tratamiento.


Saber incorporar prácticas terapéuticas con base en saberes populares milenarios y, al mismo tiempo, sustentadas por evidencia científica es un desafío que debemos asumir los psiquiatras y médicos de otras disciplinas. Esto es clave no solo para evitar que estos procesos terapéuticos queden en manos inexpertas, sino también para que las personas se sientan cómodas compartiendo sus consumos y deseos. Así podremos acompañar adecuadamente cuándo una terapia cannábica puede ser beneficiosa, inocua o desaconsejable. Incluso explicar por qué en determinados momentos no se recomienda su uso ya constituye una buena práctica médica.


El hecho de ser médicos cannabinólogos no implica que todo deba tratarse con cannabis. Lo que tratamos son síntomas específicos, y lo hacemos respetando la subjetividad de cada paciente, siempre que consideremos que puede haber algún beneficio terapéutico o, al menos, no existan contraindicaciones para este abordaje. Se trata de acompañar procesos terapéuticos cuando la persona desea iniciar una terapia cannábica. Promover la investigación científica y garantizar el acceso regulado a los preparados necesarios según indicación médica es el camino que debemos recorrer.


El acceso legal y clínicamente supervisado a preparados de cannabis medicinal es clave para garantizar abordajes terapéuticos adaptados, con la concentración y el perfil fitoquímico adecuados a cada paciente. Como médicos, tenemos la responsabilidad de acompañar estos procesos desde un enfoque clínico-científico y de reducción de riesgos, promoviendo su uso cuando exista un beneficio terapéutico potencial para el paciente, siempre en el marco de una indicación médica responsable. Al mismo tiempo, es fundamental reconocer las situaciones en las que su uso puede estar contraindicado o no recomendado: menores de 25 años con predisposición psicótica, especialmente ante el consumo de genéticas con alto contenido de THC; embarazo y lactancia; pacientes anticoagulados; y personas que hayan sufrido recientemente un evento cardiovascular o presenten patología cardiovascular activa o descompensada.


Tanto el THC como el CBD cumplen funciones terapéuticas relevantes y no deben ser reducidos a categorías simplistas como “bueno” por el CBD o “malo” por el THC. Utilizados de forma adecuada, ambos pueden aportar beneficios clínicos concretos, ya sea por separado o en combinación, junto con otros componentes de la planta como terpenos, flavonoides y otros fitocannabinoides. El llamado efecto séquito destaca cómo estos compuestos, al interactuar, potencian sus efectos terapéuticos. La clave está en conocer las concentraciones, la vía de administración y el perfil clínico de cada persona, para evitar riesgos y maximizar beneficios. En contextos donde el uso de THC puede implicar un riesgo, priorizar formulaciones ricas en CBD permite una intervención segura y efectiva, sin renunciar al potencial integral de la planta.


Una psiquiatría clínica, crítica y con perspectiva de derechos debe ser capaz de acompañar los procesos de salud mental integrando ciencia, bioética, contexto social y deseo.


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